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Full text of "Alegaciones contra el orden publico o que es el botellon"

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Al juzgado de Instrucción Número 42 de Madrid 



Me dirijo al tribunal en relación con la citación recibida por mí, de día 27 de Septiembre del 2006, con Procedimiento FALTAS 
828/06. 

Puesto que en esta citación, en la que aparezco como denunciado, no se indica ningún detalle de por qué aparezco bajo esta 
condición (ni siquiera se indica la fecha de los hechos a los que se refiere la denuncia, ni quién me denuncia) y añadiendo a esto mi 
total desconocimiento de los procedimientos judiciales, se entiende que me sea casi imposible alegar detalles concretos en mi defensa 
sobre la acusación de actuar "contra el orden público". Me aventuro, sin embargo, a entregar estas líneas, en el intento de aclarar (y 
aclararme yo) sobre lo que pasó el día al que supongo debo referir la denuncia y, por tanto, a lo que sigue pasando cada día. 

Lo más inmediato y concreto que se puede ver (antes de ninguna especulación o análisis) es algo tan extraño como esto: en una 
plaza iluminada, pública, donde hay algunos cientos de personas que se ven unas a otras, y que hablan unas con otras, que se ven las 
caras, ríen, cantan, discuten, se interrumpen, uno va, otra viene, cuando en un corrillo se hace un silencio, a lo mejor ese corrillo 
empieza a escuchar lo que alguien está diciendo en otro grupo de detrás..., en una reunión como ésta de gente, una reunión 
verdaderamente pública, esto es, auténticamente popular, vemos que aparecen de sopetón unos coches con policías que, en primer 
lugar, dejan en suspenso y en silencio las conversaciones, porque toda la atención se fija en ellos: la gente empieza a preguntarse 
"¿vendrán aquí? ¿no vendrán? ¿me multarán a mí? ¿Se conformarán con estar ahí sin venir (como algunas veces)?". Y, en segundo 
lugar, proceden a intervenir en este o aquel grupo, denunciando a tal o cual desafortunado (que estaba haciendo lo mismo que los 
otros varios cientos). Generalmente los grupos se van deshaciendo, alguna de la gente se desliza por las calles vecinas para seguir las 
charlas en otra plaza, o a lo mejor se prefiere deambular hasta que se vayan los coches, si es que se van pronto. 

Esto, así contado (me parece que de forma sencilla), es lo que cualquiera que ande por la calle puede ver. El contraste entre, por 
un lado, una plaza llena de palabras volando de un sitio a otro, de miradas, de risas, y por otro, la plaza desangelada, fría, en donde 
ya quedan solos, en silencio, los que están de alguna forma contados (los que están sentados en las terrazas de los bares), ese como 
desvanecimiento de la vida puede también sentirlo cualquiera que esté ahí, y puede sentirlo inmediatamente, sin que haga falta para 
ello saber nada, ni si es legal o ilegal, o si esa dispersión popular es necesaria o no para algún fin. Pero después de ver y sentir esto, 
que ya digo que ve y siente cualquiera (bueno, quizá excluyendo a unos pocos individuos demasiado firmes y sólidos, tanto, que 
apenas si pueden sentir y oír sino la voz de mando), después es cuando nos solemos preguntar: ¿Por qué pasa esto? ¿Qué y por qué 
es lo que ha pasado? 

Pero parecería que para saber por qué esa desolación ha caído sobre la plaza, por qué a los muchachos que se veían, se 
hablaban, se oían y se reían, los han dispersado, quedando ya sólo en el cemento los que están en las mesas y los últimos policías 
que no terminan de anotar en sus libretas las cuentas que tienen que echar sobre algunos incautos que no estaban contados (y no 
pueden dejar de recordarnos a los propios camareros, que apuntan en la libretita a los que están en las terrazas), parece que averiguar 
por qué ha tenido que hacerse eso sería una cosa sencilla. Piensa uno que debe haber alguna razón importantísima y casi obvia que 
hasta se debería saber sin necesidad de preguntar. Pero cuando nos dicen que el motivo por el que se dispersa a los jóvenes es que se 
ha ordenado a la gente que no beba en la calle ni vino ni cerveza, y que esos muchachos están desobedeciendo la orden, pues 
entonces nos quedamos más asombrados todavía y preguntamos: pero ¿pueden ordenar eso a la gente? Y, además: ¿para qué ordenan 
eso? Entonces parece que las respuestas que nos dan se tienen ya que ver reducidas a un encogimiento de hombros, y a un decir algo 
como: 

- Pues no sé, pero es así. No sé porque ordenan eso, pero no dejan beber una cerveza en la calle. 
Supongo que será por nuestro bien. 

- Pero si lo que prohiben es beber una cerveza, y si supones que es por nuestro bien, será porque 

el hecho de beber una cerveza en la calle es lo que es malo para nosotros. Pero, ¿por qué es malo? 

- Pues yo no lo sé. 

- Además, me ha parecido que lo que sí dejan es beber la cerveza en la calle siempre que después de 
llevarte a los labios el vaso, lo poses en la mesa de la terraza de un bar, aunque esta mesa está 

también en la plaza pública. ¿Es así? 
-Sí. 

- O sea, que beber la cerveza en ese sitio donde por otro lado está prohibido, sí está permitido, siempre 
que poses el vaso en tal punto en vez de en tal otro, que pueden estar separados (esos dos puntos) 

por la distancia de un dedo. ¿Es eso lo que pasa? 

- Sí, parece que sí. 

- Entonces, según lo que suponías de que las cosas que mandan son por nuestro bien, hay que decir que 
posar el vaso aquí es malo para la gente, pero posarlo un palmo más para allá no es malo. 

- Pues sí, algo así resultaría entonces la cosa. 

Por qué pretende ser pertinente este escrito 

Entonces, cuando vemos que las razones que nos dan se nos aparecen, sin necesidad de ser muy perspicaz, como absurdas y casi 
insultantes, además de inmediatamente declarar como falsedades lo que nos pretenden dar como explicación, y además de 
reafirmarnos en que acabamos de asistir a una brutalidad (puesto que lo es lo que va contra razón ), no nos queda más que volver a 
preguntarnos ¿qué es lo que ha pasado y por qué? O, de otra forma: ¿qué hay, en verdad, detrás de esa brutalidad? 

Pero decir lo que ha pasado de verdad se nos hace ya más problemático. O sea, si queremos decir verdad, no nos llega con apelar a 
la sinceridad o a la honradez, como si los hechos crudos (cualesquiera que sean) se nos presentaran tal cual ante los ojos. 



Paradójicamente, nos vemos empujados a indagar qué ha pasado, qué nos ha pasado. Estos es, decir o testificar la verdad, no es algo 
que se pueda hacer por las buenas sólo contando con la sinceridad del testificante. Ahora bien, esto nos lleva directamente a 
preguntarnos qué cosa es eso de decir verdad. Pero entiéndase bien: puesto que esta nota dirigida a un tribunal tiene la 
pretensión de hacer, de valer, de ser efectiva en lo que se trata, parece oportuno aclarar expresamente que las formas de ésta 
comunicación y los asuntos que aquí van saliendo (por muy inhabituales que sean dentro de un asunto judicial) no son traídos 
gratuitamente, sino que aparecen legitimados por los asuntos mismos de los que se habla. Ya que, si por una parte, las leyes y 
procedimientos judiciales intentan determinar qué tipo de cosas son las que se tratan, y quiénes, cuándo y en qué forma se deben 
pronunciar sobre ellas, por otro, no abandonan (las leyes, en general) la pretensión de que sobre las cosas que se tratan en las 
acciones jurídicas se diga verdad. Más bien parece más oportuno decir que no sólo no se abandona esa pretensión, sino que es sobre 
la que, en último término, descansa la credibilidad en las leyes o en el Estado. Así, por ejemplo, en el caso de los procedimientos, la 
ley al establecerlos pretende conocer la estructura general a través de la cual llegar a la verdad en las causas (o aproximarse a ella lo 
máximo posible). Pero nótese bien que esa pretensión de verdad no le puede faltar. No sirven procedimientos aquilatadísimos si no 
sirven para conocer (o entender) sobre la verdad del asunto, porque nadie creería ni querría una ley que renunciase a ello. Los 
problemas, por tanto, de cómo y qué es decir verdad, no son un lujo o algo superfluo a la ley, pues envuelve ella misma la pretensión 
de verdad. La cuestión es, pues, si la verdad admite algo parecido a que se conozca su estructura. O, mejor dicho, si la verdad tiene 
una forma general. 

El intento más frenéticamente riguroso de encontrar algo parecido lo emprendieron los últimos científicos, allá por los primeros 
decenios del siglo pasado. Ese intento tuvo el nombre de "Lógica formal", cuya auténtica pretensión fue la de describir los 
procedimientos para garantizar que se hablaba en verdad, o sea, que se llegara a conocer la forma general de Razón. Tomando todo 
tipo de prevenciones (incluso pretendiendo hacer creer que no tenían por qué referirse, de momento, sus fórmulas y términos a nada 
real), vinieron a preguntarse: ¿Cómo a partir de una serie de enunciados que tomamos como ciertos, podríamos saber si otras cosas 
que dijéramos son ciertas o falsas, deduciéndolas de las que ya hemos tomado como ciertas? Algo como: "si supongo que es verdad 
A y que es verdad 'si A entonces B' (sean lo que sean en el mundo A y B), entonces podremos deducir que es verdad B". La 
exploración minuciosa de estos planteamientos no pudo tener resultados más desastrosos. Ni siquiera todas las toneladas de 
prevenciones, su pretendida asepsia, puedo evitar que a la gran ciencia de la precisión, se le empezaran a abrir, uno tras otro, agujeros 
en el casco que la llevaban a pique sin remedio. Toda esa asepsia era inútil cuando tenía en el fondo mismo de su pretensión, de su 
querencia, el origen de sus problemas: pretendía, contaba con que en el mundo hay cosas como A y B, que pueden ser verdad o no. 
Esto es, contaba con que hubiera algo como hechos sueltos o puros. Tomaba como algo dado que el mundo, aunque no se pudieran 
conocer, ni demostrar, tuviera por ahí unas cosas (los hechos) de los que tenía sentido decir: "ha ocurrido el hecho A". O, dicho más 
descaradamente, que era posible decir: "lo que ha ocurrido es A" (entendiéndose, "todo lo que ha ocurrido es A"). Pero, claro, ¿qué 
le pasaría a la Lógica, si no tuviera sentido hablar [tan seriamente] de esas cosas que llamamos "hechos", o, que de otra forma 
llamamos "conceptos"? Pues le pasaría lo que le pasó. (Aunque, lamentablemente, se siga explicando en las facultades y escuelas 
estos intentos fracasados rotundamente, como el ápice de la ciencia, que hasta permite que esos aparatos llamados ordenadores sean 
capaces de pensar, ¡ni más, ni menos!). Pues bien, parece que los hechos sueltos se rebelaron contra la familiaridad con la que se los 
suponía, y se iban desvaneciendo cuando los lógicos más se empeñaban en estructurarlos con los más rocambolescos e ingeniosos 
procedimientos. Sin que parezca oportuno seguir ahora por este camino, quiero aclarar que la consecuencia inmediata de contar con 
que tiene sentido decir "lo que ha ocurrido es A", es que eso, desde luego, permite postular procedimientos, o establecer estructuras, 
sobre las cosas que han pasado y que pueden pasar. También, una vez postulado esos procedimientos, se podría intentar dividirlos de 
forma que algunos fueran los que "entendieran" de determinados hechos y otros de otros hechos. De forma que para averiguar sobre 
la verdad de un tipo de hechos bastara con referirse al procedimiento adecuado, especializando, por así decir, a nuestro antojo, las 
partes de la estructura de Razón, de forma que nos sirvieran según el interés que tuviéramos en cada momento. Esto es, según el 
hecho que estuviéramos evaluando o juzgando. Pero, piénsese, por el contrario, si en realidad no tiene sentido decir algo como "lo 
que ha ocurrido es A", porque sea la verdad misma, en su esencia, la que no admita ser agotada en una definición como A. Sino que, 
al contrario, Verdad requiera siempre decir más, que se diga más. La verdad, o Razón, no podría tener estructura alguna genérica, 
sino que siempre habría que estar haciéndola, siempre habría que volver sobre lo dicho, sin límite, sin fin. En tal caso, la pretensión 
de especializar subestructuras de Razón (que no tiene siquiera estructura) de forma que sean esos procedimientos especializados los 
que "entiendan" ellos en exclusiva sobre determinados hechos, conduciría a una situación de verdad ridicula: serían los 
procedimientos construidos para garantizar la verdad los que, por seguirlos, estarían haciendo la labor de impedir pertinazmente que 
se diga verdad, pues, en esta hipótesis, Razón siempre exigiría volver sobre lo dicho, esto es, no atenerse nunca a una estructura, a un 
procedimiento. O sea, que los artilugios que construían los lógicos con el ánimo de no decir sino lo que estuviera archidemostrado, 
serían, precisamente, los más necios inventos que impedirían o taponarían a Razón, que siempre querría decir más. 

¿Qué es el botellón? 

Y, volviendo al meollo del asunto, quedábamos suspensos en la pregunta de por qué, en verdad, ocurre esto; por qué se tiene tanto 
interés en dispersar a los muchachos que se reúnen (ya se han declarado las supuestas razones oficiales como absurdas). Para ello, 
tenemos, como siempre, que preguntar a la cosa misma que tenemos delante, y averiguar qué puede ser esa reunión de muchachos; 
qué tiene eso de especial para que exista un interés tan grande en meterse por medio de ella a estorbarla. ¿Qué es el botellón? 

Una de las cosas que se puede hacer, y que hemos hecho bastantes veces, es preguntarles a los propios participantes en los 
botellones. Preguntarles directamente ¿por qué creen que está prohibido eso que hacen? Las respuestas no suelen ser, es verdad, muy 
afortunadas. Aparecen siempre contaminadas con los lugares comunes que, con mejor o peor intención, se suelen usar en los medios 
de comunicación para defender o atacar el asunto. Lo más frecuente es que te contesten algo así como que hay intereses económicos 
detrás de eso, y que lo que quieren es que consuman las bebidas en los bares y discotecas para así sacarles más dinero, y que ellos, en 
respuesta, y por estar hartos de unos precios tan caros (y encima ¡garrafón!) organizan estas juergas comprando la bebida en las 



tiendas, que es mucho más barata. Como las razones oficiales son increíbles (aún en los casos de estulticia consumada, resulta 
improbable tragarse eso de que beber la cerveza un centímetro más para allá es pernicioso y un centímetro más para acá no), pues se 
echa mano de estas explicaciones de "los intereses económicos", tan usadas para todo, y que tienen la desgracia casi siempre que se 
usan, a pesar de su primera apariencia, de estar reafirmando la fe todopoderosa de que el dinero es algo bueno. O sea, tienen la 
desgracia esas argumentaciones de estar sustentadas en una mentira, y por tanto ser de raíz ellas mismas falsas. 

En verdad, el botellón es la manifestación, a mi parecer, de algo muy profundo. No es difícil ver en él una de las escasísimas 
apariciones hoy en día de lo popular, en el sentido más estricto de la palabra, esto es, una aparición o guiño del auténtico pueblo. El 
botellón es, ni más ni menos, la única fiesta popular de la que hay noticia hoy día. A pesar de que por todos lados nos inundan con el 
anuncio de la celebración de supuestas fiestas populares, con la celebración de ferias en las que se dice que se recuperan tradiciones 
(como si "recuperar una tradición" no fuera una contradicción en los términos), con la organización de mercadillos en las que se 
asegura que sólo se venden productos tradicionales, a pesar de todo ese aluvión de iniciativas (todas organizadas meticulosamente 
desde arriba), a pesar de los miles de discursos, propagandas, publicaciones, eventos, consejerías y partidas presupuestarias que se 
dedican a alabar y subvencionar esa idea imposible de lo popular y lo tradicional, a pesar de todo esto, viene a resultar que lo popular 
y lo tradicional, puesto que no admite, por su propia esencia, organización a través de iniciativas, ni programas creados de arriba 
abajo, pues lo popular y lo tradicional se escabulle de toda esa tonelada de papeles, subvenciones, dinamizadores, coordinadoras, 
colaboradores y demás zarandajas, y reaparece, ni más ni menos, en aquello que precisamente esos mismos poderes de las iniciativas 
se han apresurado a perseguir, desde luego con poco éxito. 

Todo lo que necesite iniciativas desde arriba no se le puede llamar en ningún caso popular ni tradicional. Cuando se consigue 
mover a las masas por medio de una idea diseñada para ello, ya no puede decirse, jamás, que eso sea popular. Una canción de esas 
que ponen machaconamente en las radios, en los grandes almacenes, en las teles (que ya nos las imponen hasta cuando esperamos el 
metro), pues no debería decirse nunca que es popular, por muchos discos que se vendan de ella. Lo popular es intrínsecamente 
espontáneo, esto es, la gracia de la cosa popular parece que es su único sustento. El pueblo repite lo que tiene gracias por sí mismo, y 
lo repite sólo por esas gracias. Y si esas gracias dejan de parecer tales, el pueblo las olvida y allá va la tradición. Dicho del revés: 
todo lo que no es popular de verdad, desaparece en el momento que se deje de imponer desde arriba con iniciativas y programas. 

Pues bien, el botellón no es ni más ni menos que eso: algo popular, esto es, es lo del pueblo. Es la fiesta popular. Es algo que se 
hace y se repite sin ninguna iniciativa diseñada desde arriba. No la tiene que sustentar ningún poder con propagandas que animen a 
la gente a participar. Al contrario, la gente (más joven) se busca las vueltas para mantener y celebrar su fiesta aun en contra de los 
deseos de los que mandan. 

Una de las cosas que primero sugiere este carácter popular y espontáneo es observar que todos los jóvenes, independientemente 
de la clase económica, se han puesto al unísono a celebrar y reunirse con el botellón. Muy bien sabemos cómo cualquier iniciativa 
desde arriba viene siempre marcada como algo pretendidamente exclusivo para tal o cual grupo de individuos. Hace veinte años era, 
me parece, muy difícil, por ejemplo en Madrid, ver a jóvenes de cualquier parte de la ciudad celebrar de la misma manera sus 
reuniones, y, bajo ningún concepto, juntos y revueltos. Porque es que además, efectivamente, no sólo es que participen todos los 
jóvenes en el botellón, sino que además (es bien fácil comprobarlo) lo hacen juntos, en los mismos sitios. Los muchachos de familias 
adineradas y los de menos adineramiento, celebran juntos. Se codean unos con otros; se hablan; se cambian tabaco y beben por la 
misma botella. 

Otra de las cosas que delata al botellón como algo surgido de abajo (por tanto, surgido de alguna necesidad que no conocemos, ni 
conocen los propios participantes) es que es algo curiosamente autóctono. Esto, hoy día, es un dato precioso, porque cualquier cosa 
que viene de arriba, que viene de las marcas, se impone con una pasmosa uniformidad y sincronía en todos los lugares más o menos 
occidentalizados. Pues resulta que (a excepción de algunas tímidas y recientes imitaciones) esto no se hace en otras regiones 
igualmente afectadas por las olas de las marcas. Los jóvenes italianos, alemanes, franceses, ingleses. ..se quedan asombrados (y 
encantados) con esto nuevo. 

Desde luego, nos tenemos que fijar también en que cualquiera de esas actividades de moda, que vienen impuestas por ideas 
diseñadas y transmitidas masivamente, suelen tener nombres como "surf", "piercing" , "coca-cola", "ecología", "autoestima", "gay", 
"management", etc. Esto es, o bien, son nombres directamente extraños al idioma, o bien palabras de formación culta, esto es, en 
ningún caso palabras vulgares o, lo que es lo mismo, populares. Ahora bien, ¿qué "creativo" pondría como nombre a su nuevo 
lanzamiento "botellón"? ¿qué político de la cultura (con lo pedantes que son) lanzaría una de sus iniciativas culturales con ese 
nombre? La palabra, desde luego, no puede ser de formación más popular, ni puede descubrirnos con mayor claridad el origen 
espontáneo de esta manifestación. 

Y la pregunta siguiente, una vez que se nos aparece claramente el carácter popular de estas reuniones, es esta: ¿qué gracias 
intuye la gente (joven) en el botellón para que se haya arraigado con tanta fuerza en tan poco tiempo? ¿Por qué se han sacado esto de 
la manga, sin que nadie se lo mandase, ni lo organizase, y lo mantienen, aun en contra de las torpes (pero malintencionadísimas) 
prohibiciones del poder? Los que por nuestra edad no hemos participado en estas reuniones, recordamos, sin embargo, muy bien las 
"reuniones" que hemos padecido impuestas siempre desde arriba, y que siguen estando ahí a pesar de todo: se nos vendía, junto a la 
música de marcas, lugares para nuestra diversión en los que no nos veíamos las caras y no nos oíamos unos a otros. Parece que estos 
lugares en los que la palabra es imposible, les parece muy bien a los que mandan. Curiosamente no importa nada que en ellos se 
beba más y peor (otra cosa apenas se puede hacer) que en las fiestas al aire libre. Tampoco parece importar que estos sitios siempre 
estén rodeados de gente que llaman de "seguridad", más o menos violentos y amenazantes. Recintos en los que cualquiera es 
sospechoso incluso antes de entrar, que examinan a simple vista a la gente que se acerca para ver si les dejan o no pasar: desde el 
color de los calcetines, hasta el corte de pelo. En definitiva, que esos sitios en los que se acostumbra a los jóvenes a ser una especie 
de prisioneros en continua sospecha, vigilados por musculosos guardianes, parecen ser muy del agrado del poder. Hay que suponer 
que alguna ventaja le verá a esa práctica constante de sumisión. 

La auténtica gracia que (sin saberlo ellos) presumo yo que le encuentran al botellón es pura y simplemente el alivio que les da a la 
falta atroz que por lo bajo se siente de comunicarse, de verse, de oírse. Hay esa enorme falta porque, por otro lado, se les hace (se 



nos hace) cada vez más imponente la obligación de evitar eso mismo. La creencia, funestísima, de que el otro, el prójimo, poco o 
nada tiene que decirnos que no sepamos nosotros ya, se ha ido imponiendo en los últimos tiempos con más y más fuerza. A mí no me 
es difícil sentir como esa imposición me ha quitado una y otra vez la oportunidad de, tan siquiera, empezar a hablar con el prójimo. 
Como prueba evidentísima de esto, no hay más que darse cuenta que, por ejemplo, en la sala de espera del médico o en la parada de 
un autobús, la probabilidad de que dos personas empiecen a hablar, se digan algo, lo que sea, es mayor cuanto más viejos son. Y, 
desde luego, si no se empieza a hablar, no hay nada que hacer. Hay que empezar por donde sea. Y sólo se puede empezar a hablar si 
se cuenta con que puede servir para algo, con que puede hacer algo, con que nos puede pasar algo, con que podemos decir o que nos 
digan algo. 

En cuanto individuos (y por tanto no en cuanto pueblo) cada vez se nos impone más la creencia de que comunicarnos con el de al 
lado es inútil. Piénsese en la palabra misma "comunicación", cómo se pretende constantemente, desde arriba, referirla y asociarla a 
los "medios de comunicación". Cómo se nos va imponiendo la idea de que comunicación, lo que se dice comunicación de la buena, 
es la que ofrecen los medios, porque lo demás lo dicen inútil, sin fuerza, que no llega... Pero es evidente que comunicación, en 
verdad, es y sólo puede ser comunicación in-mediata, sin medio alguno de por medio. Con-municación, como con-pasión, como 
con-partir, exigen cercanía, roce. Exigen com-munidad. Comunicación es, de momento, abrir la boca y que el de al lado te escuche. 

En fin, no hay más que echar un vistazo con calma y ver cómo, en nuestra incorporación como individuos, nos vamos 
pertrechando más y más en contra de que el prójimo se comunique con nosotros. Vamos por la calle con gafas de sol que impiden 
que nos vea nadie los ojos (¿hay mayor comunicación que mirar a alguien?). Vamos con unos chismes metidos en las orejas para no 
oír a nadie. Llegamos a casa y está reinando en medio de los salones la tv. que no deja ni respirar a nadie, ya no digo hablar. Y, 
como elemento fundamentalísimo, los coches: cuya misión no puede entenderse como otra que la de auténticas jaulas (vamos hasta 
atados) que nos impiden parar, ni ver, ni oír a nadie. El coche sigue su carrera desintegradora de las ciudades, alejando a los 
individuos a sitios remotos, cementerios de hormigón, y llevándolos de un lado a otro sin que tengan opción ninguna de encontrarse 
con nadie, de hablar con nadie. Toda la comunicación que se le ofrece a cualquier individuo de una ciudad como Madrid es a través 
de los "medios" de comunicación, o sea, como ya se ha dicho, una con-municación que no lo es. Por la calle (cuando todavía se anda 
por la calle): con los cascos en las orejas, escuchando medios de comunicación o canciones de los grupos de marcas. En el coche- 
jaula: atado, sin la posibilidad de parar, ni hablar con nadie. Sin la posibilidad mínima de tropezar con éste o con el otro, y, quizás, 
eso sí, con la posibilidad de que desde arriba nos "comuniquen" cosas por radio. Al llegar a casa, en vez de comunicarnos con nadie, 
nos comunican más cosas con las antenas de tv... ¿Es posible que sea el botellón la expresión popular, abandonando lo posible el 
individuo que tenemos que ser, que se rebele en contra de esa falta atroz? 

Declaración final 

En fin, en el día que tengo que suponer que corresponde la denuncia, parece que había gente por allí hablando, riendo, mirándose 
a la cara. Cuando llegué yo, sin embargo, toda la plaza ya se agrupaba en torno a un muchacho que los policías locales se estaban 
llevando. La gente, muchachos y no muchachos, protestaba y comentaba (por cierto, sin ningún desorden más que el del hablar 
mismo) la sinrazón de eso que se ha venido diciendo en estas líneas. Ese sentimiento, que cualquiera que estuviera allí, albergaría, se 
reflejaba incluso en la mayoría de las caras de los policías, que no podían evitar cierto gesto de vergüenza ante la necesidad que, por 
otro lado, parecían sentir también de cumplir con lo que les mandan. Me acerqué a la gente, como es normal, pregunté a la gente, 
como es normal, y hablé con la gente, como es normal. A los diez o quince minutos y estando completamente sólo, un policía local 
exigió que me identificara, y me conminó a ir a una comisaría, en la cual, además de la ineptitud patente para identificarme, tuve que 
aguantar los intentos de adoctrinamiento de este policía, que, entre otras cosas, me decía que le hubiera parecido mejor que por lo 
menos hubiera tenido la valentía (bueno, lo dijo con una grosería que no tengo porque repetir) si le hubiera intentado pegar a él (qué 
manía con pegar a la gente), pero que lo de hablar..., vamos, que no, que eso no se hace. Parece que todo su empeño didascálico 
estaba en enseñarme que había que tener pocas ideas pero firmes... (supongo yo que, además de pocas y firmes, a lo que se refería 
era que había que tener las mismas que él: quizá alguien con ideas menos firmes, debería explicarle a ese policía que lo del derecho 
de expresión me figuro yo que está tan especialmente protegido, precisamente para poder hablar en contra del poder y de lo mandado, 
porque hablar a favor, que yo tenga noticia, nunca ha estado prohibido). Aparte de tropezar con individuos digamos de formas e 
ideas más bien arcaicas, que no deja de ser totalmente anecdótico, da la impresión de que con estas denuncias (porque se denunció a 
más personas por el único motivo de hablar) se puede estar intentado conseguir que la gente no hable... muy en consonancia con el 
análisis que aquí se viene haciendo. 

Madrid, 28 de Noviembre del 2006 



Pablo Fernández Rodríguez